Saber elegir una alimentación baja en emisiones

La vida cotidiana está llena de emisiones de CO2. Es algo en lo que no pensaba mucho
hace un decenio, pero ahora sí. Puede deberse a que ha aumentado el volumen de
noticias relacionadas al cambio climático, o puede deberse a que ahora tengo una hija
pequeña que, cuando alcance mi edad, es muy probable que tenga que lidiar con las
consecuencias de las decisiones que tomamos hoy.

Y eso de estar consciente de las emisiones nunca me pasa tanto como cuando estoy
haciendo las compras. Por ejemplo, suelo preguntarme ¿cuánto más dióxido de carbono
genera un litro de vinagre balsámico importado que el litro de vinagre de banano que
elabora un tío de mi esposa a menos de 15 kilómetros de la casa? No puedo dar una cifra
exacta, pero intuitivamente saco mis conclusiones. Cuando era chico, hace algunos años
ya, uno de los regalos de navidad más apreciados era recibir uvas y peras en una
canasta; los tiempos han cambiado y ahora vivir en un país tropical no me limita de
comprar, cuando quiera, uvas, peras y hasta melocotones de los grandotes. La
accesibilidad ha aumentado, pero también lo han hecho las emisiones de gases de efecto
invernadero.

Cada 28 de enero es celebrado el Día Mundial por la Reducción de las Emisiones de CO2
y claramente su propósito es crear conciencia sobre este problema, y para no retomar el
ultra conocido consejo de guardar el auto y sacar la bicicleta, propongo que una manera
de ser más coherentes con los retos venideros es que pongamos atención a las
elecciones que hacemos para llenar nuestra alacena. Apostemos mejor por alimentos
más cercanos. En el marco de la industria alimentaria, una dieta baja en huella de
carbono se hace cada día más acuciante, ¿en qué consiste? Simplemente en priorizar en
la adquisición de productos frescos de proximidad y de temporada, apostando por la vía
ecológica y controlando la adquisición de envasados y procesados.

Esto quiere decir que habrá que hacer ajustes en la dieta, puede significar menos salmón
y más pargo; menos jalea de grosellas y más jalea de guayaba, más granos locales y
menos cereales importados; pero piense que esta decisión no es solo un tema de
emisiones, sino también la alegría del productor de miel local, o el agradecimiento de la
señora que vende huevos caseros. Elegir una alimentación baja en emisiones no solo es
buena para el ambiente, es buena para los productores nacionales, es buena para usted
que recibe productos menos procesados y empacados, y es buena para la economía que
ve crecer su mercado interno, en general, es buena para el país.

 

por Julián Orozco